Piratería y alcohol, una relación más allá de lo profesional. Parte 3.

Con esta tercera entrada seguiremos ahondando en las funciones que las tripulaciones piráticas le dieron a la bebida tanto en alta mar como una vez desembarcados en tierra. Se debe comprender que una tripulación pirata no puede verse desde el mismo punto de vista que la perteneciente a una formada por tropas y marineros regulares. Por lo tanto es necesario un acercamiento y estudio cauteloso de estos singulares navegantes.

Los capitanes a sabiendas de las “peculiares” características de sus hombres se valieron de diversas tretas para mantenerlos bajo control. Sobre el papel, una buena capacidad de mando unido a la obtención regular de beneficios solía ser más que suficiente para que la marinería realizara sus funciones sin incidentes de ninguna clase y cualquier intento de organizar un motín se disipara rápidamente.

A su vez, la necesidad de actuar de manera conjunta para obtener un beneficio común llevaba a que, en caso de que un tripulante no efectuara su labor éste fuera recriminado por el resto de sus compañeros. Los castigos físicos también eran temidos y aunque ocasionalmente podían reforzar la autoridad dentro del barco, uno uso continuado o indiscriminado de los mismos podía llevar a un amotinamiento, por lo tanto este recurso se guardaba únicamente para ocasiones excepcionales.

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Debe borrarse la idea de que los capitanes piratas fueron un atajo de sádicos que mantenían el orden más por el temor que profesaban a sus hombres que por sus capacidades al mando de un navío. Sin duda hubo personajes crueles e incluso auténticos sociópatas al mando de embarcaciones, pero por muy valioso que pudiera ser un botín nadie con dos dedos de frente se uniría a una tripulación a sabiendas de que su capitán y el resto del cuadro de mandos tuvieran la curiosa costumbre de azotar hasta la muerte a aquel que cometiera el más mínimo fallo o “premiaran” cualquier prueba de insubordinación con un disparo en la espalda.

Es por ello que dentro de estas situaciones el alcohol cumple varias funciones al mismo tiempo. En la mayoría de los casos, los mandos se comprometían a proporcionar a sus hombres una cantidad diaria reglamentada, la cual era celosamente guardada y distribuida por los marmitones o cocineros. De este modo la sed era saciada, la moral permanecía alta  y por ende la lealtad a su capitán se reforzaba o como mínimo se mantenía.

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A pesar de que aquí se haya explicado la situación idílica, la realidad podía distar mucho de esto. Algunos de los ataques implicaban esperar durante días enteros al acecho de una presa, lo que llevaba a que en aquellos momentos en que no hubiera más tareas que realizar, los piratas dedicaran las horas muertas a beber. Esto llevaría a que muchas veces estos marinos realizaran sus asaltos y derrotas en diversos estados de embriaguez, dificultando cualquier tipo de maniobra.

Creo que no hace falta recordar que intentar manejar una embarcación de grandes dimensiones y entrar en combate con una tripulación totalmente borracha es una de las mejores maneras para encallar un barco contra las rocas o ser masacrado durante un abordaje.

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Existen varios ejemplos de situaciones como esta pero sin duda el perpetrado por el Capitán Swann merece una mención especial. Esto se debe a que siguiendo el modus operando típico de los piratas de su época, Swann salió de puerto en busca de presaspertrechado con municion y vituallas para varios días alejado de tierra firme. La diferencia estriba en que pasó varios días en alta mar sin conseguir presa alguna, ya que la tripulación había pasado la cuasi totalidad del trayecto en un estado de embriaguez permanente.

Otro ejemplo que brilla con luz propia es el de Jack “Calico” Rackham. Este pirata, más famoso por sus líos de faldas (tal y como explicamos en Mujeres en la piratería parte 2) que por su capacidad al frente de un barco, sería finalmente capturado debido a que su navío fue abordado en 1720  por el cazador de piratas Jonathan Barnet. La captura de Calico se debió a la incapacidad de su tripulación de defenderse, ya que estaban completamente borrachos en el momento en que su barco era asaltado.

En caso de que la tripulación se hubiera mantenido sobria, dedicada a sus funciones y se hubiera conseguido una presa, el bajel pirata, volvería a tierra para vender sus nuevas posesiones y repartiría el monto obtenido entre su tripulación. Los menos guardarían sus ganancias para una futura retirada o los invertirían iniciando un negocio o comprando tierras para alejarse de este peligroso modo de vida.

Pero los más, seguirían uno de los clichés más conocidos de la piratería, dilapidar sus ganancias en los placeres que el puerto guardaba. El espectáculo debía ser digno de verse; no es difícil imaginar una tripulación que ha pasado semanas en el mar, privada de numerosas comodidades, con una importante suma de dinero en sus bolsillos y que hasta nuevo aviso no tiene que volver al barco. Con estos elementos en mente podremos hacernos una idea aproximada de lo que ocurrió en numerosos puertos americanos, tales como Tortuga o Port Royal.

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No era de extrañar que las celebraciones llegasen a abarcar días enteros en donde el dinero era despilfarrado en ingentes cantidades de comida y bebida y entretenimiento de cualquier clase, desde músicos ambulantes y camas mullidas a prostitutas de alta categoría y fuertes apuestas en juegos de azar de diversa índole. Los capitanes conocían la naturaleza de sus subordinados y aceptaban de buen grado esta conducta, ya que tendrían capital humano fresco con el que poder embarcarse otra vez en busca de nuevos objetivos una vez que los fondos de sus hombres se hubieran agotado.

Volviendo a las actividades en tierra, solía ser común entre los piratas invitar a rondas enteras de bebida o incluso sacar barricas a la calle y ofrecer su contenido gratuitamente a cualquiera que pasara cerca con tal de aumentar el número (y el grado de embriaguez) de los nuevos invitados.

El consumo excesivo de alcohol unido a gente armada proclive a la violencia hacía que muchas de estas juergas, iniciadas en un ambiente de verdadera euforia, acabaran varias veces en desgracia. No es conveniente creer las imágenes que las películas nos han transmitido en donde las tabernas son un improvisado campo de batalla en donde sin ton ni son uno puede acabar muerto. En realidad, las celebraciones allí realizadas se caracterizaban por un alboroto “pacífico” e inmenso que se alargaba durante horas e incluso días, aumentando con el paso del tiempo sus niveles de sonoridad y  el número de muebles rotos. Pero debemos comprender que de ahí a que acabaran todos acuchillándose entre sí a la más mínima oportunidad, tal y como parece que nos quiere vender Hollywood, hay un mundo.

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De todas formas la violencia seguía siendo un elemento cotidiano en estas situaciones, aunque por lo general las diferencias existentes solían resolverse a puñetazos. Existe constancia de tripulaciones como las de Rock “el Brasileño” que tenían la peculiar costumbre de tomar las tabernas por asalto y disparar a todo aquel que no les cayera en gracia, creando un auténtico estado de pánico en las calles Jamaica. No es de extrañar que el bueno de Rock terminara sus días siendo asesinado en una de estas reyertas. A su vez, no era raro que otros piratas obligaran a todo aquel que pasase a su lado, a beber junto a ellos amenazándoles con matarlos. A pesar del ambiente de jovialidad y embriaguez que embargaba estas reuniones, era común que muchas de las rencillas existentes entre tripulantes del mismo o de diferentes barcos, derivaran en duelos o incluso en auténticos choques entre grupos que inevitablemente acababan con varios muertos.

Aun a pesar de situaciones como las relatadas, sigo reiterando que la llegada de un grupo de piratas con un nuevo botín a un puerto amigo, no implicaba un posterior baño de sangre. Sabían perfectamente que su existencia dependía en gran medida de que su entrada siguiera siendo permitida y que los negocios de la zona fueran prósperos. Es por ello que destrozar todo a su paso y asesinar indiscriminadamente a sus aliados, chocaba (obviamente) de manera frontal con sus intereses.

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De este modo finalizo el largo recorrido acerca del alcohol en la piratería. Espero que esta lectura os haya interesado y confío en haber conseguido aclarar algunas de las dudas acerca de esta temática.

Os recuero que podéis seguir informados acerca de todo lo relacionado el mundo de la piratería tanto en Facebook como en Twitter, y en caso de que tuvierais cualquier duda o proposición para nuevas entradas no dudéis en poneros en contacto.


Bibliografía:

ABELLA, Rafael. Los halcones del mar. Barcelona: Martínez Roca, 1998.

BURNEY, James. Historia de los bucaneros de América. Salamanca: Renacimiento, Isla de la Tortuga, 2007, 478 p.

CIPOLLA, Carlo María. La odisea de la plata española. Barcelona: Crítica, Libros de Historia, 1999.

EXQUEMELIN, Alexander Oliver. Piratas de América. Madrid: Dastin, Crónicas de América, 2002, 219 p.

JARMY CHAPA, Martha. Un eslabón perdido en la historia: piratería en el Caribe, siglos XVI y XVII. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Nuestra América, 1983.

MOREAU, Jean-Pierre. Piratas. Filibusterismo y piratería en el Caribe y en los Mares del Sur (1522-1725). Madrid: Machado Grupo de Distribución, S.L., 2012, 426 p.

MOTA, Francisco. Piratas en el Caribe. La Habana: Casa de las Américas, 1984, 430 p.

SANZ, Cecilio. Breve Historia de la navegación y comercio marítimo hasta nuestros días. Madrid: Colegio Oficial de Ingenieros Navales y Oceánicos, 2003. ISBN:

84-933198-0-5

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Piratería y alcohol, una relación más allá de lo profesional. Parte 2.

En esta segunda entrada sobre el alcohol y la piratería seguiremos ahondando sobre esta peculiar relación y los grados de aceptación que tenían las diversas bebidas tanto en puerto como en alta mar.

Se considera al ron como la opción predilecta de los piratas para emborracharse, lo cual puede llevar al engaño de que únicamente tomaban este tipo de bebida. Es necesario por ello exponer algunas de las causas que han llevado a que éste tópica se haya mantenido hasta nuestros días.

En primer lugar la bebida idónea para mantener a una tripulación alerta y dedicada plenamente a las tareas de un navío es el agua. Pero su naturaleza hace que a los pocos días de permanecer inmóvil en un barril y sin apenas ventilación se estanque, por lo que beberla se convertía una manera bastante rápida de coger una infección estomacal. A sabiendas de esto, los tripulantes de las embarcaciones se valdrían de las bebidas alcohólicas para mitigar la sed durante las largas travesías.

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En segundo lugar, las bebidas alcohólicas solían combinarse con el extracto de frutas y con determinadas especias. Ello unido a las propias características de estas bebidas, permitían a los marinos “inmunizarse” en cierto modo ante las diversas enfermedades del nuevo continente como de aquellas que podían aparecer a bordo. No debe olvidarse que era necesario entregar a la tripulación algo de alcohol cada cierto tiempo para mantener su moral alta y evitar posibles intentos de amotinamiento.

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En tercer lugar antes de la aparición del ron en cantidades suficientes a lo largo de las zonas atlánticas, los barcos se aprovisionaban por lo general de cerveza, vino y ginebra. Ahora bien cada una de estas bebidas tenía sus inconvenientes en alta mar.

La cerveza era un recurso barato de obtener, pero mantener barriles llenos durante semanas o incluso meses provocaba la proliferación de parásitos dentro de estas barricas, haciendo que su consumo fuera de todo menos recomendable. Aunque no fuera muy consumida en alta mar su consumo se solía reducir aún más en los últimos compases del viaje. De todas formas en tierra seguía siendo una de las opciones más populares.

El vino por su parte experimentaba un proceso similar al de la cerveza. Mantener unos caldos muchas veces de dudosa calidad hacinados durante semanas en ambientes poco saludables, hacía que los hongos apareciesen en gran número. De todas formas los capitanes sí solían beber vino durante sus travesías, esto es debido a que podían costearse unas bebidas de condición varias veces superior a la entregada al resto de la tripulación. Lo cual implicaba que su sabor y condiciones de salubridad se mantuvieran por mucho más tiempo, incluso en largas travesías.

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Del mismo modo que con la cerveza el vino seguía teniendo una buena aceptación en puerto, aunque en varias ocasiones sería menor debido a que gran parte de las existencias eran importadas desde el continente. Por lo que las remesas que llegaban a las zonas atlánticas solían estar en malas condiciones debido a las vicisitudes del viaje.

Bebidas como la ginebra y el whisky tenían una gran aceptación entre las tripulaciones ya que debido a su mayor contenido alcohólico, era más difícil que sus condiciones empeoraran. A su vez estas bebidas permitían emborracharse con mucha menos cantidad que con otras de menor graduación, lo que permitía utilizar el espacio de la bodega para embarcar más material obtenido durante los asaltos y abordajes.

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En el caso concreto del ron, su popularidad se debió a factores como los detallados en el punto anterior, era más difícil que las reservas se pusieran en mal estado debido a su alta tasa de alcohol. A su vez el Caribe y con el tiempo sus zonas aledañas continentales, dedicaron grandes esfuerzos a su fabricación; debido a ello comprarlo o hacerse con él por la fuerza, eran tareas más sencillas y baratas que importar licores desde Europa.

El ron tendría a su favor ser una bebida poco conocida hasta el siglo XVII, por lo que fue bien recibida por las tabernas y clientes de esta zona del mundo. Su sabor y características aumentaron su popularidad tanto entre los marinos como con la gente de tierra convirtiéndolo en poco tiempo en una de las bebidas más consumidas del Caribe.


Fuentes:

GIORGETTI, Franco. Grandes veleros: historia y evolución de la navegación a vela desde sus orígenes hasta nuestros días. Barcelona: Llibreria Universitaria, cop. 2007.

GONZÁLEZ DÍAZ, Falia. Mare Clausum, Mare Liberum. Piratería en la América española. Madrid: Subdirección General de los Archivos Estatales, 2009.

GOSSE, Philip. Historia de la Piratería. Sevilla: Renacimiento. Colección Isla de la Tortuga, Serie mayor, 2008.

PAINE, L. The sea and civilization. A maritime history of the world. London: AA Knopf, Random House, 2013.

RAMOSKOPRIVITZA, Ulises Sandal. El delito de piratería y el principio de justicia universal. [En línea]. 2013, [fecha de consulta 25-2-15] Disponible en: http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/124202/1/DDPG_RamosKoprivitzaUlisesSandal_Tesis.pdf

Piratería y alcohol, una relación más allá de lo profesional. Parte 1.

El alcohol siempre ha tenido una relación estrecha con la piratería, ¿pero hasta dónde llega esta supuesta realidad? Con las siguientes entradas nos adentraremos en todo este contexto y arrojaremos algo de luz sobre uno de los clichés piratas más extendidos.

El hábito de beber a bordo de un barco era algo común ya hace cientos de años, el que actualmente se relacione a los marinos con un consumo alto, e incluso excesivo, de alcohol puede deberse a diversos factores. A mi parecer la idea de imaginarse a un pirata aferrado constantemente a una botella se debe principalmente al comercio transoceánico de bebidas alcohólicas, especialmente de ron, típico de la Edad Moderna.

Aunque existen retazos de información que tratan el consumo y fabricación de ron en diversas partes del mundo, principalmente en el suroeste asiático y que con el tiempo, llegaría a expandirse hacia el resto de Asia y Europa, en esta ocasión trataremos el ron que se obtendría y consumiría en el continente americano.

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Cañas de azúcar cortadas y apiladas para extraer su jugo.

Para ello es necesario retrotraerse al siglo XVII, donde este ron comenzaría a ser exportado en grandes cantidades desde el Caribe y las Antillas hacia Europa. Tal ron, era destilado a partir de la melaza o jugo de caña de azúcar que crecía en estas latitudes, siendo algunas de sus principales zonas productoras Cuba, Puerto Rico o la República Dominicana.

Su popularidad entre la población, independientemente de su estatus social, aumentaría a pasos agigantados provocando la aparición de nuevas destilerías tanto en las islas como en zonas continentales a ambos lados del Atlántico. EEstos nuevos establecimientos intentarían cubrir la creciente demanda del nuevo licor y por tanto, se verían obligadas a importar melazas,especias y otros ingredientes necesarios para su fabricación.

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El origen de la palabra ron sigue sin ser claro  a día de hoy, ya que los retazos de información acerca de este tema son variados tanto en su contenido como en la época en que se escribieron. De todas formas existe un escrito de Samuel Morewood de 1824 en el cual intenta establecer su origen, estableciendo una relación entre este licor y expresiones inglesas.

Según Morewood el juego de palabras “having a rum time” se traduciría como “el mejor” o “pasar un buen rato”, debido a que a este rum/ron era considerado como una bebida diferente al resto de las ya conocidas y tenía una calidad muy superior a las mismas, lo cual hacía que fuera consumido en grandes cantidades. En otros casos al ron se le conocería como Kill-devil o Rumbullion, ambas expresiones son un juego de palabras característico de Devonshire, concretamente la última podría traducirse como “alboroto o bronca de grandes dimensiones”.

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A partir de expresiones como estas, las alusiones a este licor han variado enormemente, siendo conocido también como Sangre de Nelson, Agua del Demonio, Licor pirata, Screech o Agua de las Barbados.

Dentro de todo este entramado de compra y producción de ron debemos añadir que otros licores como la cerveza, el hidromiel y el vino tendrían también un peso importante en el abanico de posibilidades que cualquier ciudadano podía elegir como bebida. Es ahí donde tenemos que situar la conexión con aquellos que ejercieron la piratería.

El comercio de esta clase de productos proporcionaba unos beneficios más que considerables, lo cual era motivo suficiente para que embarcaciones cargadas de licor fueran una presa codiciada por los piratas. El cargamento capturado era vendido en condiciones fraudulentas a individuos capaces de enviarlo a lejanos puertos civiles o directamente a las propias autoridades corruptas de las islas cercanas.

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De todas formas los encargados podrían no aceptar los sobornos y amenazas para introducir estos bienes, o existiría la posibilidad de que las reservas fueran lo suficientemente abundantes como para no necesitar de nuevas remesas.

Por ello no era extraño que los mismos piratas encargados de saquear los barcos mercantes dedicaran sus días también al contrabando con islas bajo la hegemonía de diversas coronas o compañías comerciales. Se crea así una peculiar simbiosis en donde se hace uso de estos violentos marinos en caso de que las provisiones de alcohol se acabaran, alquilando sus servicios para que les reabastecieran del modo que vieran más conveniente.

Con estas primeras pinceladas os he expuesto el marco desde el que introducirnos en este contexto, pero con lo escrito esta vez no es suficiente. Por ello con las siguientes entradas trataremos la función del alcohol dentro de las embarcaciones piratas y el uso que tanto los marinos como los capitanes le daban una vez que hubieran vuelto a puerto tras capturar una presa. ¡Seguid atentos!


Bibliografía:

GOSSE, Philip. Historia de la Piratería. Sevilla, Renacimiento. Colección Isla de la Tortuga, Serie mayor, 2008.

JUÁREZ MORENO, J. Corsarios y piratas en Veracruz y Campeche. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1972.

PAINE, L. The sea and civilization. A maritime history of the world. 2013. AA Knopf, Random House, 2013.

SANZ, Cecilio. Breve Historia de la navegación y comercio marítimo hasta nuestros días. Madrid: Colegio Oficial de Ingenieros Navales y Oceánicos, 2003. ISBN: 84-933198-0-5