Reclutamiento en tierra firme. El caso europeo. Parte 2.

 

Como pudisteis leer en la anterior entrada, expliqué los métodos utilizados por las marinas mercantes y los capitanes civiles con objeto de conseguir marineros para sus embarcaciones.  En esta ocasión, voy a seguir tratando el proceso de reclutamiento, pero no sobre tales colectivos, si no sobre las diversas armadas europeas, especialmente en la Royal Navy.

Antes de entrar más en materia, veo necesario recalcar algunos de los aspectos de dicha armada, que aunque con matices, podrían extrapolarse al resto de cuerpo armados navales de su tiempo. En primer lugar, los sueldos en las marinas de guerra solían ser más bajos que en los barcos mercantes, lo cual ya era un factor más que decisivo a la hora de decidir dónde enrolarse. Elegir esta opción, a menudo era debido a causas de fuerza mayor como deudas o una necesidad imperiosa de alejarse de tierra firme.

Al mismo tiempo la disciplina en los barcos de guerra era siempre mucho más estricta que en uno de carácter civil. La diferencia social existente en la época marcaba una línea divisoria muy clara entre el grueso de la marinería y los oficiales, lo cual llevaba a que estos últimos despreciaran abiertamente a sus subordinados tanto verbal como físicamente. Entre ambos cuerpos se encontraban los destacamentos de soldados y ciertos cargos de la nave, los cuales hacían a menudo de mediadores entre ambas partes en los numerosos conflictos que pudieran llegar a haber a bordo. No era raro que varias situaciones de ésta índole se pudieran resolver antes de que “la sangre llegara al río”, o fuera notificada por los oficiales.

En caso de una infracción tuviera que ser castigada por este pequeño grupo al mando, las consecuencias solían ser funestas. Esto era debido a que en circunstancias normales el castigo por una falta, podía resarcirse mediante una reducción de la paga o de la ración diaria de alimentos y bebidas, el aumento de tareas o en caso más graves un correctivo físico

Bonhomme

Miembros del cuerpo de oficiales (1)

 

Aunque los diferentes casos variaron dependiendo de los países y las épocas, los reglamentos estaban estipulados por escrito con objeto de salir de dudas rápidamente. El problema residía en que el cuerpo de oficiales, generalmente, basaba su autoridad mediante la intimidación y el miedo, por lo que si debían hacer pagar a algún tripulante por sus faltas, se solía aumentar la pena establecida. De este modo el infractor veía como a su condena se aumentaba el número de latigazos u otros castigos físicos, haciéndole pasar un auténtico calvario. No era extraño que muchas veces aquellos que habían sido castigados hubieran recibido tales palizas, que morían a los pocos días por las heridas sufridas.

No tardaría en correrse la voz por los puertos, del futuro que le esperaba a uno si se enemistaba con un oficial, por lo que el común de los tripulantes evitaba en lo posible el acercarse a sus superiores. Como era de esperar, esta fama, inmerecida o no, se traduciría en una reticencia general a navegar en esta clase de barcos.

Como puntos a favor respecto a alistarse en la marina, estaba la opción de conseguir ascender dentro de la escala de mando interna, los propios logros se iban anotando en el diario de a bordo y más tarde se transferían a las dependencias de cada marina. Aunque en ciertas ocasiones, los ascensos podían ser debidos más a causas personales que profesionales, existía un mayor control sobre los mismos. Al mismo tiempo, la paga mensual, aunque escasa, como ya dije anteriormente, era regular y en caso de no percibirla los gobiernos solían ofrecer vales, letras y pagarés a modo de sumas monetarias.

Otro de los puntos a tener más en cuenta, era la propia seguridad que un barco de guerra podía ofrecer. Armado con un mayor número de cañones que un mercante y generalmente navegando en escuadra, es decir acompañado de otros barcos, en formación y con funciones predeterminadas para cada uno de ellos (exploración, defensa, transporte de materiales, etc.), hacía que los piratas u otros barcos enemigos se pensaran dos veces iniciar un ataque sobre ellos.

A pesar de los puntos a favor, muchos preferían sopesar con calma unirse a dichas tripulaciones o preferían esperar a una mejor oportunidad, antes de subir a estos barcos. Como era de esperar las armadas no siempre disponían de ese tiempo, por lo que optaron por alternativas “menos diplomáticas”. El ejemplo más conocido de ello, utilizado también en los ejércitos de tierra, eran las levas.

Las levas estaban formadas por grupos de reclutadores, los cuales eran dirigidos por un oficial y estaban armados con porras u otros objetos contundentes. Usaban las calles de las ciudades portuarias como sus zonas de actuación y reunían por la fuerza a cuantos marineros necesitaran. Vestían, actuaban y hablaban de una forma característica, y eran temidos por la violencia que podían llegar a desatar contra todos aquellos que encontraban en su camino durante sus rondas.

Los marinos que tenían noticia de que tales patrullas andaban a la caza de nuevos reclutas huían bien lejos de las zonas portuarias e incluso más allá, se llegaron a dar casos en que algunos se llegaban a esconder días enteros en los bosques y aldeas cercanas con tal de evitar ser reclutados. Otros optaban por atrancar las puertas de sus habitaciones en las tabernas y aguantar en ellas todo el tiempo posible sin que nadie detectara su presencia. Tampoco fueron raros los casos en que se hacían pasar por los maridos de las dueñas de las tabernas, cafés y posadas, exponiendo así su condición de propietario, lo cual les excluía del servicio en el ejército.

British assault

Asalto a una embarcación civil (2)

Las levas eran comunes debido a la falta de personal, pero también eran promovidas por los mandos de los barcos, esto se debía a que los capitanes recibían del gobierno central 1 libra por cada hombre apresado. Con tal idea en mente, incitaban a sus subordinados a hacer lo que fuera necesario por conseguir nuevos hombres. Siguiendo sus órdenes, las levas literalmente asaltaban las casas de huéspedes, posadas e incluso viviendas particulares con este objetivo. Los barcos que tuvieran la mala fortuna de atracar en puerto mientras se realizaban estas levas tampoco se libraban.

Estas naves civiles se veían abordadas por los reclutadores, los cuales apresaban a los marinos que habían llegado a estar meses alejados de tierra firme y se los llevaban a los buques de guerra. No era raro que una tripulación decidiera amotinarse a la hora de llegar a puerto, para así poder huir en los botes salvavidas; en casos extremos, los tripulantes llegarían a hacerse con las armas y repeler mediante la fuerza a los destacamentos que intentaran abordar el barco. En caso de que el objetivo fueran naves de un tamaño pequeño, los marineros se ocultaban en los recovecos y zonas huecas de la misma o entre las mercancías. La idea que subyacía desde el inicio era hacer ver a las levas que el barco apenas poseía tripulación y no valía la pena hacer el esfuerzo de registrarlo, pero en caso de que no se lograra los reclutadores no tenían reparos en propinar brutales palizas a los propietarios y capitanes para que confesaran donde estaban sus hombres.

Si con todos estos métodos no se lograba reunir un número suficiente, una de las últimas opciones consistía en asaltar las casas y talleres de los artesanos de la zona (alfareros, toneleros, herreros, zapateros, comerciantes, etc.). Mientras que algunos propietarios podrían evitar ser embarcados, no ocurría lo mismo con el resto de hombres a su cargo así como sus aprendices. Arrastrados como si fueran delincuentes, se les subía a bordo a menudo con la muda que llevaban encima como sus únicos bienes. Como era de esperar, sin conocimientos navales de ninguna clase, sin apenas abrigo y con un trato tan duro, la mayoría no volvía a pisar su tierra natal. Un destino similar corrían los huérfanos, mendigos y vagabundos de las ciudades portuarias, ya que siempre estaban en el punto de mira de esta clase de destacamentos debido a que nadie iba a preguntar por ellos en el futuro.

 

 


 

Imágenes

(1) http://4.bp.blogspot.com/-zUSw0WK2MGE/T1Yht7QU71I/AAAAAAAAFl4/s9fhTJXtO_o/s1600/Bonhomme%2BRichard%2B7.jpg

(2) https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/736x/a8/7f/dc/a87fdc2238752173c93144e4a7408077.jpg

 

Bibliografía

BURNEY, James. Historia de los bucaneros de América. Salamanca: Renacimiento, Isla de la Tortuga, 2007, 478 p.

CARROGGIO, Santiago. Historia de la navegación. Gran Enciclopedia del mar. Barcelona: Carroggio, 2003.

DE ARRIAGA, Julián. Ordenanza de primero de febrero de 1762. Prescriviendo las reglas conque se ha de hacer el corso de particulares contra enemigos de la corona. Madrid: Juan San Martín, 1762, 15 p.

ELLIOT, J.H. Imperios del mundo atlántico; España y Gran Bretaña en América. Madrid: Taurus, Taurus Historia. D.L. 2006.

LANA OTERO, Enrique. Una vida de “pillaje, haraganería y libertad”. La indisciplina de los corsarios vascos. Itsas memoria: revista de estudios marítimos del País Vasco, [en línea]. 2012, Nº 7, [fecha de consulta 26-5-2015], pp. 477-486. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5041250. ISSN 1136-4963.

MERRIEN, Jean. Historia mundial de los piratas filibusteros y negreros. Barcelona: Luis Caralt, 1970, 478 p.

SANZ, Cecilio. Breve Historia de la navegación y comercio marítimo hasta nuestros días. Madrid: Colegio Oficial de Ingenieros Navales y Oceánicos, 2003. ISBN:84-933198-0-5

SERRANO MANGAS, Fernando. Auge y represión de la piratería en el Caribe, 1650-1700. Mesoamérica, [en línea]. 1985, vol. 6, Nº 9, [fecha de consulta 26-05-2015], pp. 91-103. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4009078. ISSN 0252-9963.

Reclutamiento en tierra firme. El caso europeo. Parte 1.

Conseguir nuevos miembros para una tripulación, tanto pirata como incluida dentro del marco legal, no fue siempre una tarea fácil. Las condiciones de vida eran realmente duras, y el trato con los oficiales, sobre todo aquellos pertenecientes a la armada inglesa, poseían una tendencia a los castigos corporales, que a en ciertos casos rozaba con el sadismo. Ganándose así una siniestra fama de la cual no lograrían deshacerse a lo largo de la Edad Moderna.

El índice de mortalidad entre los marineros podía llegar a alcanzar y superar el 50% en los viajes transatlánticos. Esta alarmante tasa podía deberse a multitud de factores: sobreesfuerzo, lesión de miembros y articulaciones, enfriamientos, desnutrición, accidentes, epidemias y asalto de navíos de enemigos. Aunque el continente americano seguía siendo visto como una tierra llena de oportunidades, eran de sobra conocidas las penalidades que comportaba dicho viaje.

Y aunque no faltaron interesados en embarcarse para tal cometido, no solía ser lo mismo en cuanto a aquellos que debían seguir trabajando a bordo. Hubo quienes optaron por una solución intermedia, pagar su viaje trabajando a bordo. En el peor de los casos sabían que llegados a tierra, tendrían que retenerlos por la fuerza si no querían que desembarcaran.

Henry_Morgan_Recruiting_for_the_Attack_(bw)

Morgan reclutando a nuevos miembros (1)

Existen numerosos casos tanto de aquellos que pudieron sobrevivir y alcanzar América, como aquellos que perecieron debido a la crudeza del viaje. Pero en esta entrada pretendo centrar la vista en aquellos que vivían exclusivamente de su trabajo en el barco y cómo sus capitanes conseguían nuevos miembros para tal cometido.

El primer nicho en donde centraban su atención era en los jóvenes. La escasez de marinos profesionales afectaba de igual medida a barcos comerciantes como a las armadas de diferentes países. Para hacernos una idea de tal situación podemos valernos de ciertas estimaciones, las cuales establecen que a principios del siglo XVIII, en caso de que todos los marinos ingleses se encontraran trabajando al mismo tiempo, se alcanzarían sólo dos tercios de los necesarios para poder poner en funcionamiento todas las naves de la flota naval y mercante.

Los voluntarios para esta clase de vida solían ser muchachos provenientes de pueblos y ciudades del interior, sin posibilidad de heredar tierras o aprender un oficio y con deseos de escapar de los pocos alicientes que pudiera ofrecerles una vida de trabajo en el campo. Su inexperiencia e ingenuidad hacía que muchos de ellos sufrieran más de lo debido a los pocos días a bordo. Era común oír un dicho en los puertos ingleses que rezaba de tal manera: “Los que van al mar por placer, van al infierno por diversión”, haciendo referencia a lo poco que duraban vivos esta clase de individuos.

pirates_storm_at_sea_concept_art

Los que van al mar por placer, van al infierno por diversión. (2)

 

Nunca llegaron a ser suficientes, así que los capitanes e inversores de los barcos comerciantes se decidieron por métodos más agresivos. Una de las opciones era contratar un espíritu, tales personajes conocían de primera mano los puertos y sus alrededores así como sus gentes, con lo cual sabían de los recién llegados. Sus principales objetivos eran las ya citadas gentes de campo, extranjeros, o aquellos que no conseguían un trabajo y pasaban sus días deambulando por las calles.

Esta clase de personas desconocían muchos de los entresijos del mundo naval por lo que eran fácilmente engañados, se les prometían altos sueldos y anticipos de los mismos a cambio de firmar en determinados documentos. Para el ojo experimentado saltaba a la vista que eran copias baratas de contratos formales, pero como ya he dicho, las víctimas de estos timos no habían visto acuerdos de esta clase en su vida y no dudaban mucho a la hora de poner su firma. Ya embarcados, se daban cuenta de su error al comprender que habían entrado al servicio como simples aprendices de marinero, y por tanto no percibirían ningún sueldo. Por su parte el espíritu obtenía una jugosa comisión consistente en varios meses de paga del nuevo marino.

También era común en los puertos la figura de los agentes especiales, tales personajes se dedicaban a la búsqueda de marineros arruinados o borrachos y buscaban el modo de embaucarlos para que firmasen contratos para trabajar en determinadas naves a cambio del pago de sus deudas o por más bebida. En caso de que con buenas palabras y promesas vacías no fuera suficiente, los agentes con menos paciencia podían optar por un enfoque más directo. Inmovilizaban a los marinos borrachos atándolos de pies y manos, para evitar su huida y los vendían a los capitanes. A la mañana siguiente, ya con los pies y las manos libres, muchos de ellos se encontraban en alta mar (con una resaca de campeonato) y obligados por contrato, a servir en dicho barco por un periodo de varios meses o incluso años.


Enlaces

(1) https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/b1/Pyle_pirate_relaxing_b.png

(2) http://s1065.photobucket.com/user/The_Raveners/media/Concept%20Art/pirates_storm_at_sea_concept_art.jpg.html

Bibliografía

BURNEY, James. Historia de los bucaneros de América. Salamanca: Renacimiento, Isla de la Tortuga, 2007, 478 p.

ELLIOT, J.H. Imperios del mundo atlántico; España y Gran Bretaña en América. Madrid: Taurus, Taurus Historia. D.L. 2006.

EXQUEMELIN, Alexander Oliver. Piratas de América. Madrid: Dastin, Crónicas de América, 2002, 219 p.

GOSSE, Philip. Historia de la Piratería. Sevilla: Renacimiento. Colección Isla de la Tortuga, Serie mayor, 2008.

JUÁREZ MORENO, Juan. Corsarios y piratas en Veracruz y Campeche. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1972, 468 p.

LUCENA SAMORAL, Manuel. Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Perros, mendigos y otros malditos del mar. Madrid: Mapfre S.A., 1992, 313 p.

PAINE, Lincoln. The sea and civilization. A maritime history of the world. London: AA Knopf, Random House, 2013, 744 p.

WOODARD, Colin. La república de los piratas. La verdadera historia de los piratas del Caribe. Barcelona: Editorial Crítica, Tiempo de Historia, 2007, 433 p.

ZARAGOZA, Justo. Piraterías y agresiones de los ingleses en la América española. Sevilla: Renacimiento, Colección Isla de la Tortuga, 2005, 547 p.

Botín. Reparto “equitativo” entre piratas.

La motivación principal de los piratas, fue básicamente lograr de la manera más rápida posible grandes sumas de dinero mediante la intimidación, el robo y el pillaje. La elección de esta vía para conseguir beneficios pudo deberse a multitud de factores, por ello no era raro que infractores de la ley, renegados, hijos segundones, desertores, esclavos fugados y un largo etcétera decidieran probar suerte en los navíos piratas a sabiendas que en su tierra natal le esperaba la horca o una vida de pobreza.

Pero en el caso de que se sobreviviera a un ataque ¿cómo decidían qué parte de las ganancias correspondía a cada tripulante? Con la siguiente entrada pretendo explicaros los métodos que comúnmente se utilizaron en esta clase de situaciones.

Lo primero que debe tenerse en cuenta antes de empezar, es recalcar, como tan a menudo ocurre con esta clase de marinos, las pocas evidencias escritas que tenemos acerca de su modo de vivir y actuar. Los piratas conformaban un grupo ajeno a la ley y por ende perseguido por la misma; mantener un registro de sus actividades fraudulentas, tal y como se hacía con las citadas “chartes parties” (contratos firmados por los propios tripulantes donde se decidían los objetivos y presas, así como las reglas a bordo, entre otras cuestiones organizativas), implicaba tener una prueba palpable de sus crímenes.

Es por ello que esta clase de documentos, así como cualquier otro similar (cartas de navegación con anotaciones, diarios, códigos reglados, etc.) que pudiera implicar a los miembros activos del barco, eran debidamente eliminados o escondidos a conciencia para así guardarse las espaldas.

Los pocos testimonios acerca de ello son los códigos que establecieron determinados capitanes, siendo William Kidd y Bartholomew Roberts, algunos de los que más importancia dieron a la distribución de ganancias.

Independientemente de la década en que se encontraran, las tripulaciones piratas establecerían antes de cada ataque, el reparto de los bienes que se pudieran obtener fruto del mismo. Previamente a la salida del navío, se exponía en asamblea los objetivos fijados, los gastos que debían afrontarse y el reparto del botín. Dichos gastos principalmente comprendían los sueldos de determinados tripulantes, en donde se incluía el salario del carpintero, el cual variaba entre 100 y 150 pesos/reales de a ocho. Por otra parte, el cirujano, encargado del mantenimiento y cuidado de la salud de la tripulación, así como su tratamiento tras los combates percibiría un salario algo más elevado, fluctuando entre los 200 y 250 pesos.

Unido a ello se debían sumar provisiones, materiales de repuesto y aunque por lo general cada pirata sufragaba su propio equipo, dentro de éste gasto inicial se contemplaba a menudo la compra de municiones y armas.

WB

Pirate we be. Fuente: tamaraR (1)

A su vez se indicaban previamente a cada salida las indemnizaciones que recibiría cada tripulante en caso de mutilación, las cifras respecto a ello varían a lo largo del tiempo y en ocasiones, se verían aumentadas con el objetivo de hacer más atrayente una expedición. Estas cifras podían pagarse tanto en dinero como en esclavos, y por norma general tales montos eran múltiplos de 100, gracias a ello y con objeto de acelerar tales trámites, se establecería que el valor de cada esclavo fueran 100 pesos/reales de a ocho.

Como ejemplo de tales indemnizaciones tenemos el que nos otorga Exquemelin en su libro “Piratas de América”. Según sus palabras, la pérdida del brazo derecho implicaba recibir 600 reales de a ocho o seis esclavos, mientras que por el brazo izquierdo serían 500 reales de a ocho o 5 esclavos. La pierna derecha tendría un valor igual al del brazo izquierdo en caso de pérdida, la izquierda tendría un valor algo menor, por lo que el herido percibiría 400 reales de a ocho o 4 esclavos. Los ojos y los dedos alcanzaban el mismo valor: 100 reales de a ocho o 1 único esclavo.

Todos estos pagos saldrían del botín conseguido y una vez que se hubieran desembolsado, se procedería al reparto de la suma restante. La norma general, la cual se mantendría con escasas variaciones, consistiría en entregar media parte para los aprendices y jóvenes, una para cada marinero, los especialistas y oficiales recibirían una parte extra mientras que dos partes suplementarias serían reservadas para el capitán y otras dos para el contramaestre. En caso de que fuera el capitán aquel que proporcionase el barco, éste recibiría entre cinco y seis partes adicionales.

Los filibusteros, debido a su especial condición se veían obligados a entregar parte del botín obtenido a la autoridad bajo la que se auspiciaba. No era inusual que este peculiar “diezmo” desapareciera automáticamente en las arcas del almirantazgo que le había concedido la autorización para armarse en corso y ningún remanente llegara hasta las autoridades reales. Tener que entregar tales cantidades provocaría no pocos enfrentamientos con dichas autoridades, ya que éstas muchas veces se valdrían de entresijos legales con objeto de hacerse con mayores sumas de las estipuladas.

Sería absurdo pensar que dichos filibusteros se comprometerían a cumplir siempre con esta parte del trato, ante este devenir de los acontecimientos idearon diversas estratagemas mediante las cuales conseguían evitar pagar dicho diezmo o como mínimo conseguir que éste fuera lo más pequeño posible. Por ello no era de extrañar que vendieran gran parte de sus mercancías en otros puertos, traficaran con barcos de otras naciones, pagaran únicamente por los bienes situados en la bodega y si todo esto no fuera suficiente, se entregaba bajo mano una suma lo suficientemente generosa al gobernador de turno para que no se inmiscuyera en sus asuntos.

GY

Greedy bunch of rogues. Fuente: kheelan (2)

Una vez explicados los diversos entresijos acerca del reparto y para una mejor comprensión de lo expuesto anteriormente, podéis leer a continuación un ejemplo de cómo las tripulaciones actuarían a la hora de establecer los beneficios obtenidos tras capturar una presa. Supongamos para el siguiente caso que una tripulación conformada por 50 piratas consigue hacerse con un cofre que, una vez pagados los diversos salarios e indemnizaciones contiene 1000 doblones de oro.

Monto del botín: 1000 doblones                   Tripulación: 50 personas

En caso de un hipotético reparto equitativo, se dividiría el monto por el número de tripulantes y cada uno recibiría una parte igual. Por lo que cada uno de los miembros recibirá una suma total de 20 doblones y ahí se acabaría cualquier problema.

Pero la realidad fue muy distinta, ya que como he indicado antes,cada tripulante recibiría un número de partes en relación a la función que realizase en el barco. Debido a ello, tales partes extra correspondientes a los cargos internos de la embarcación se sumarían al número de tripulantes, aumentando así la cantidad de partes por las que debería dividirse el monto total.

En el siguiente ejemplo puede observarse cuantas partes correspondían a cada uno de tales individuos según su rango y la suma que recibiría cada uno de ellos. Supondremos que la tripulación  de 50 miembros estaría conformada por 1 capitán, 1 contramaestre, 3 especialistas, 2 oficiales y 43 marineros adultos.

Reparto doblones

Reparto de botín. Fuente: elaboración propia

De todo esto se comprende que, al capitán le corresponderían 5 partes, sumando así 81,96 doblones, mientras que el contramaestre recibiría 49,17 doblones. Por su parte los especialistas obtendrían 32,786, caso similar ocurriría con los oficiales ya que se harían con una cantidad igual. Finalmente, el resto de la marinería al tener derecho a una única parte, recibiría como pago por sus servicios 16,39 doblones.

Enlaces

(1) http://tamarar.deviantart.com/art/Pirate-we-be-387553235

(2) http://kheelan.deviantart.com/art/Greedy-Bunch-of-Rogues-110091352

Bibliografía

BURNEY, James. Historia de los bucaneros de América. Salamanca: Renacimiento, Isla de la Tortuga, 2007, 478 p.

CARROGGIO, Santiago. Historia de la navegación. Gran Enciclopedia del mar. Barcelona: Carroggio, 2003.

EXQUEMELIN, Alexander Oliver. Piratas de América. Madrid: Dastin, Crónicas de América, 2002, 219 p.

LUCENA SAMORAL, Manuel. Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Perros, mendigos y otros malditos del mar. Madrid: Mapfre S.A., 1992, 313 p.

ROBERTSON, Stuart. La vida de los piratas. Barcelona: Editorial Crítica, 2008, 271 p. ISBN:978-84-9892-059-8

SANZ, Cecilio. Breve Historia de la navegación y comercio marítimo hasta nuestros días. Madrid: Colegio Oficial de Ingenieros Navales y Oceánicos, 2003. ISBN:84-933198-0-5

Matelotage. Sangre nueva para los bucaneros.

Las comunidades bucaneras caribeñas (para más información leer entrada Bucaneros y Sexualidad en la piratería) adquirieron con el paso del tiempo. una importancia cada vez mayor. Esto fue debido principalmente al intercambio de pieles y carne con los barcos de varias nacionalidades a cambio de suministros de todo tipo, y a su capacidad militar a la hora de asaltar enclaves y embarcaciones.

Esta clase de grupos pervivieron durante décadas y como era de esperar, muchos de sus miembros más antiguos, una vez conseguido el suficientemente dinero como para retirarse o aquellos muertos durante sus correrías, irían reduciendo el número de bucaneros existentes. Llegados a este punto era necesario encontrar un modo de que nuevos miembros se unieran a los diferentes grupos establecidos en las islas.

Los bucaneros adinerados que volvieron a sus países de origen en el viejo continente, principalmente franceses, lograrían adquirir una posición acomodada. El éxito que tales individuos ostentaban a su vuelta, hacía crecer las esperanzas de muchos jóvenes, ya que veían en ellos ejemplos vivientes de cómo escapar de la pobreza en la que muchos estaban inmersos. De este modo se creó un flujo de hombres que se dirigieron a los puertos con el objetivo embarcarse para emular a sus predecesores.

Ya en puerto, ciertas compañías y particulares se encargaban de encauzar a las nuevas remesas de hombres en esta dirección. Tal cometido consistía en la firma de un contrato en el cual se les obligaba a contraer una deuda monetaria, a cambio se les pagaba el trayecto hasta América y se les vendía a bucaneros más experimentados, convirtiéndose así en aprendices bajo sus órdenes. Dichos aprendices, también conocidos como engagés o comprometidos, se resarcirían de sus deudas (unos 30 escudos) trabajando para el bucanero durante un periodo de tiempo determinado, generalmente alrededor de 3 años.  A este proceso de endeudamiento a cambio de conocimientos se le conocería como matelotage.

Desde ese momento, el engagé comenzaría a aprender el nuevo oficio y al mismo tiempo se vería obligado a cumplir todas las directrices que le indicase su nuevo amo. Las condiciones de vida que debían soportar eran a menudo bastante duras, aunque este hecho está basado principalmente en las vivencias de Alexander Exquemelin; hablaré de ello en otro apartado más adelante.

Dichas duras condiciones se comprenden debido a que a menudo los bucaneros les impondrían las tareas más pesadas y a que su existencia, generalmente al raso o en cabañas de muy mala factura hacían de tales años una prueba difícil de superar. El aprendizaje les llevaría a dominar las diferentes técnicas de caza que se utilizaran en la zona, cómo utilizar correctamente los grandes rifles bucaneros (los cuales tenían unas medidas diferentes a los utilizados por el común de la población), a aprender los códigos de cooperación entre los propios bucaneros, así como a comerciar con los barcos que atracaran cerca para conseguir carne y pieles.

Recruit

Reclutamiento de nuevos bucaneros (1)

Una vez superado el severo aprendizaje, el alumno ascendía de categoría y pasaba a formar parte de la comunidad bucanera. De este modo adquiría permiso para actuar por su propia cuenta, lo cual implicaba cazar en donde quisiera, asociarse con otros bucaneros, comerciar con poblaciones y barcos y adquirir un engagé como ayudante.  Por su parte, su mentor le obsequiaba como recompensa por sus logros varios enseres con los que comenzar su nueva andadura. Éstos podían variar pero lo usual era que se les diera un fusil, pólvora y balas y un determinado número de cuchillos con los que tratar las piezas cobradas.

– Consideraciones

Una de las principales fuentes que se tienen acerca del proceso de matelotage es la figura de Alexander Exquemelin, el cual participó en esta clase de “aprendizaje”. Sus vivencias influyen bastante en su escrito, ya que su primer amo debió proporcionarle un trato bastante violento, llegando a darle tales palizas que finalmente fue sanado y comprado por un médico, el cual le enseñaría su oficio. Se comprende por tanto que la visión de Exquemelin esté parcialmente sesgada respecto al trato que debían recibir el resto de engagés, ya que no siempre tuvo que alcanzar tales extremos. De todas formas no debe creerse que la cooperación entre mentor y alumno siempre fue idílica; los bucaneros eran gente proveniente de las clases más bajas de la sociedad y combinaban la caza y el trueque con ataques a poblaciones civiles, por lo que la violencia era un elemento vertebrador de su naturaleza. Violencia que podría ser encauzada en determinadas ocasiones hacia aquellos situados en una posición de mayor indefensión, es decir sus comprometidos.

bucaneer 2

Bucanero con su característico rifle(2)

 

Otro de los mitos que se han ido gestando alrededor del concepto del matelotage es que era más una unión sentimental entre dos hombres, llegando al extremo de que hay quien afirma que la casi totalidad de los bucaneros y piratas eran homosexuales. Generalizar de una manera así acerca de un grupo social tan heterogéneo y con una existencia temporal tan amplia me parece un sinsentido. Así que vamos a ver las causas de las que surge esta idea y a intentar ahondar un poco más acerca de ello.

En primer lugar la defensa de que la homosexualidad era una práctica utilizada por la inmensa mayoría de las tripulaciones piratas se basa en el hecho de que éstas estaban conformadas únicamente por hombres. Por lo que una convivencia entre los mismos llevaría a la aparición de parejas del mismo sexo entre la tripulación, aunque esto es perfectamente plausible, creer que el total de la tripulación de cada barco optaría por tal opción me parece, como mínimo descabellado.

Segundo, como bien explican las fuentes este matelotage era un contrato basado en el pago de una deuda, estoy convencido de que muchos de los bucaneros se aprovecharon sexualmente de sus discípulos, e incluso puede que el paso del tiempo llevara a que tales parejas de individuos desembocaran en parejas sentimentales. Casos de personas que se aprovechan de este modo de otras situadas en un escalafón inferior llevan produciéndose en toda clase de ámbitos desde la noche de los tiempos. Pero la idea de meter a todos los piratas en el mismo saco sigue cayéndose por su propio peso.

Tercero, también se alega que la libertad y la falta de ataduras religiosas, sociales y económicas unido a la escasez de mujeres, llevó a que los piratas optaran de una forma masiva por la homosexualidad. Respecto a la relajación de las costumbres “típicamente occidentales” no es desacertado pensar que esto llevara a la aparición de más parejas entre personas del mismo sexo, así como otras opciones. En cuanto a la escasez de mujeres, generalmente se pasa por alto el elevado número de nativas, esclavas y prostitutas. Fueron más que comunes los casos de convivencia y matrimonio entre ellas y los piratas a lo largo de la Edad Moderna en estas latitudes, por lo que este punto también es inválido

A lo que quiero llegar con todo esto es que evidentemente hubo una mayor libertad sexual entre las tripulaciones piratas y no sería raro el encontrar parejas homosexuales dentro de las mismas. Negar esto nos podría llevar a creer que esta clase de marinos conformaban una entidad monolítica e inalterable, cuando fue justo lo contrario.

Lo que intento decir, a diferencia de determinados autores, es que este hecho, como otros tantos, no se puede generalizar. Las personas que conformaron durante siglos la comunidad pirática se cuentan por miles, cada uno con sus inquietudes, intereses y preferencias sexuales. El mero hecho de decir que todos o casi todos actuaron de un modo determinado, no ya en el plano afectivo, si no en muchos otros, indica la pobre reflexión e investigación que algunos autores han hecho antes de plasmar sus ideas por escrito.


Fuentes

ARAVISINI-GEBERT, LlZABETH. Las aventuras de Anne Bonny y Mary Read: el travestismo y la historia de la piratería femenina en el Caribe. GUTIÉRREZ DE VELASCO, Luzelena. Género y cultura en América latina. Arte, historia y estudios de género. [En línea]. México: El Colegio de México, Centro de Estudios Sociológicos, Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, Unesco, 2003, 396 p. [Fecha de consulta 26-05-2015]. Disponible en:

http://faculty.vassar.edu/liparavi/article/AventurasdeAnneBonny.pdf

ELLIOT, J.H. Imperios del mundo atlántico; España y Gran Bretaña en América. Madrid: Taurus, Taurus Historia. D.L. 2006.

EXQUEMELIN, Alexander Oliver. Piratas de América. Madrid: Dastin, Crónicas de América, 2002, 219 p.

LE BRIS, Michael. Oro sangre y sueños. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa-Calpe, D.L. 2003.

MOREAU, Jean-Pierre. Piratas. Filibusterismo y piratería en el Caribe y en los Mares del Sur (1522-1725). Madrid: Machado Grupo de Distribución, S.L., 2012, 426 p.

PEÑA BATLLE, Manuel Arturo. La Isla de la Tortuga. Madrid: Cultura Hispánica, 1977, 267 p.

ZARAGOZA, Justo. Piraterías y agresiones de los ingleses en la América española. Sevilla: Renacimiento, Colección Isla de la Tortuga, 2005, 547 p.

Imágenes

[1]http://heritage-history.com/blog/wp-content/uploads/2012/09/morgan1.gif

[2]http://public.gettysburg.edu/~tshannon/hist106web/caribbean/bucaneer.bmp

 

 

La organización de los piratas. Un “orden” dentro del caos.

La imagen del pirata que ha llegado a nuestros días ha sido distorsionada a lo largo del tiempo debido a los informes realizados en su momento por las autoridades, el boca a boca de las gentes y ya en un contexto más cercano la literatura y el cine de aventuras. Todo ello realizado con un mayor o menor rigor histórico, ha derivado en que la imagen de los piratas esté generalmente anclada en dos estereotipos.

La primera de ellas se basa en el prototipo del buen pirata, consistente en individuos que a pesar de ser ladrones y de un talante peligroso, conservan un aire romántico debido a que mantienen ciertos criterios altruistas y con un código basado en robar a los ricos, gobernadores corruptos o a piratas conocidos por su crueldad. Con todas estas cualidades era de esperar que siguieran una cadena de mando perfectamente reglada, sin apenas vacíos de poder y con instrucciones claras para cualquier situación.

Sparrow horizon final

En el extremo opuesto nos encontramos a aquellos dedicados a la matanza, la perversión y el saqueo, con el único fin de enriquecerse fácilmente sin pensar en algún momento en las víctimas y consecuencias de sus acciones. Aquellos pertenecientes a esta categoría viven en la más pura anarquía o mantienen una mínima organización únicamente gracias al terror que profesa su capitán. El cual como era de esperar, es un sujeto que actúa basado más en la locura y el sadismo, que en el sentido común.

Evil pirate captain final

Estas imágenes de caos constante o de un orden cuasi militar dentro del mundo de la piratería tristemente se mantienen a día de hoy. Por ello  con esta entrada buscamos exponer algunos de los métodos y doctrinas que estos personajes utilizaron con el objetivo de mantener una escala de valores y códigos, muchos de ellos de lo más básico, para así poder hacer más efectivas sus actuaciones.

Uno de los casos más importantes es el de los Hermanos de la Costa. Surgiría a raíz de los diversos bucaneros que poblaban las costas caribeñas, con el fin de poder aumentar su número y así poder dirigir sus acciones contra mayores presas. Tal asociación se llamaría originalmente Confederación de los Hermanos de la Costa y tendría su sede en la Isla de la Tortuga. Establecerían un código básico y en varios casos brutal, el cual a su vez mantenía un fuerte poso equitativo; es debido a ello por lo que hay autores que han llegado a considerarlo como una cooperativa autogestionada.

Una de las principales fuentes de información acerca de la misma proviene de Exquemelin, un antiguo bucanero holandés el cual escribió sus vivencias como miembro de estos hombres de mar. Gracias a él conocemos la máxima por la que se sustentaba la Hermandad “No hay botín, no hay paga”, la cual aporta unas primeras pinceladas acerca las intenciones y necesidades básicas de esta comunidad. Gracias a sus anotaciones se pueden resaltar algunos de sus puntos, teniendo especial importancia la discusión del plan entre todos los miembros del mismo. Debe comprenderse que la opinión y el peso de ciertos individuos sería siempre mucho mayor que el del tripulante común, pero ello no quitaba para que la opinión de éste fuera escuchada.

Una vez designados el objetivo y los pasos a seguir, se redactaría un contrato en donde se incluyen las propiedades de cada uno de ellos y la suma necesaria para llevar a cabo tal empresa. Sumas que generalmente eran gastadas en la adquisición del navío o navíos, reparaciones, médicos y demás personal especializado.

También se establecía un apartado dedicado a las indemnizaciones que se recibían en caso de que alguno de los miembros sufriera daños durante el transcurso de la acción, incluyendo así ciertas lesiones de gravedad o las amputaciones. El dinero para tal menester se sacaba del botín conseguido y se entregaba a los convalecientes, una vez hecho, la suma restante era repartida entre el resto de los implicados.

La porción del botín destinada a cada miembro dependía de su graduación, aunque a este punto también debe realizarse un acercamiento cauteloso. Esto es debido a  que no sería extraño que ciertos miembros importantes, el capitán o sus oficiales sin ir más lejos, se aprovechasen de su cargo para aumentar los beneficios que se le debían atribuir por su labor.

A pesar de las probables atribuciones ajenas al código, existía el castigo para todo aquel que osase esconder parte del botín, por lo que se realiza un juramento a favor de no llevar a cabo esta acción entre ellos. En caso de que se probara que alguno de ellos había realizado este tipo de práctica se le obligaba a devolver lo robado y se le excluía del reparto, aunque dentro de este contexto no parece muy aventurado decir que tal sujeto fuera objeto de violencia por el resto de sus ex-compañeros.

Pyle_pirates_deadmen

Los miembros de la cofradía se juramentaban con un compañero, comprometiéndose a defender la vida del otro y a heredar sus propiedades en caso de que muriese. En caso de que un hermano abandonase a otro durante el combate recibiría la pena capital, generalmente basada en el ahorcamiento. La ventaja de tal método permitía dejar el cuerpo del ajusticiado durante días colgado de alguno de los mástiles,  convirtiéndose así en un recordatorio constante al resto de tripulación.

A lo largo de la historia este código sería utilizado por diversos marinos añadiendo variantes al mismo alcanzando un importante peso entre ellos. Por otra parte diversos capitanes crearían sus propios códigos, estableciendo así un nada desdeñable elenco de legislaciones acerca del mantenimiento del barco, las actividades permitidas a bordo, el trato a los prisioneros o los castigos apropiados a cada situación. Intentar reunir todos estos modelos y explicarlos en una única entrada es una tarea demasiado pesada, por lo que vemos más práctico exponer algunas de las variantes en un futuro y realizar un estudio de las misma para exponer las diferencias y similitudes entre ellas.

Para finalizar nuestra entrada vemos necesario recalcar que sí se dieron casos de individuos con cualidades similares a las de los modelos expuestos al inicio de la entrada, pero debe comprenderse que también existía una amplísima gama de grises entre estos marinos, sus aspiraciones personales y su modo de llevar a cabo sus acciones. No necesariamente mantendrían esta conducta durante toda su vida, si no que la misma podría variar con el paso de los años o ante determinadas situaciones. De esta manera queremos hacer comprender la gran casuística existente de todos aquellos que conformaron la piratería y la necesidad de acabar con los estereotipos existentes hacia ellos.

Esperamos que con esta lectura hayamos conseguido aportaros información acerca del modus operandi de los piratas y de los posibles métodos de organización que se se utilizaron a lo largo de la Historia. No podemos irnos sin olvidar daros las gracias por leernos y recordaros que seguiremos ofreciendo información, tanto en este blog como en Facebook y Twitter, acerca de la piratería y los diversos aspectos relacionados con ella.


Fuentes:

ABELLA, Rafael. Los halcones del mar. Martínez Roca, Barcelona, 1998.

GONZÁLEZ DÍAZ, Falia. Mare Clausum, Mare Liberum. Piratería en la América española. Madrid : Subdirección General de los Archivos Estatales, 2009.

GROSSE, Philip. Historia de la Piratería. Sevilla, Renacimiento. Colección Isla de la Tortuga, Serie mayor, 2008.

MARÍA CIPOLLA, Carlo. La odisea de la plata española, Barcelona : Crítica. Libros de Historia, 1999.