Terranova. Cómo convertir una isla en un nido de piratas.

 

Para esta ocasión voy a profundizar en la Isla de Terranova y en la importancia de sus asentamientos durante fines del siglo XVII e inicios del XVIII, época en la cual los piratas apenas podían contar con el apoyo de las naciones mientras realizaban sus actividades. Fue en esos años, cuando su particular modo de vida entonó su canto de cisne, amenazados por todas partes, los piratas declararon como enemigo y posible presa a cualquier barco con el que se cruzaran, independientemente del pabellón que ondeara en su mástil.

Con la siguiente entrada pretendo exponer algunos de los puntos fuertes de la isla y por qué ésta fue convirtiéndose gradualmente en uno de los últimos nidos de piratas antes de su práctica desaparición de los mares.

A comienzos del siglo XVIII Terranova ya se había consolidado como una zona utilizada ampliamente por los piratas para el mantenimiento de sus barcos, así como para vender mercancías robadas, reabastecerse de pertrechos (velamen, madera, pólvora, cuerdas, etc.) y víveres frescos (principalmente conservas, agua y alcohol).

Actualmente la Isla de Terranova se sitúa en el extremo noreste del continente americano y se encuentra bajo dominio canadiense. La isla en sí, posee una costa muy accidentada con numerosos salientes y ensenadas, ello unido a su gran tamaño (más de 111.000 km²) hizo de ella un lugar perfecto donde poder esconderse de las miradas indiscretas y de las cada vez más abundantes patrullas enviadas por las naciones europeas con el fin de acabar con las tripulaciones piratas.

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Mapa de Terranova (1)

Alrededor del siglo XVIII la isla se encontraba deshabitada de nativos y los colonos existentes se situaban en su mayoría cerca de las zonas costeras, pocos eran los que optaban por adentrarse tierra adentro debido a los frondosos bosques que crecían ahí unido a los escasos recursos que podían extraerse. Es en el mar donde radicaba la importancia de la isla, ya que en sus aguas cercanas se encontraban inmensos bancos de peces, siendo el bacalao uno de los más abundantes de dicha zona.

Como ya dije antes, las bahías y puertos son muy numerosos en Terranova, gran parte de ellos eran de fácil uso para los marineros experimentados debido a que tales formaciones geológicas se adentraban profundamente en la tierra facilitando la navegación. Tampoco era extraño ver a tales marinos pasar rápidamente de un puerto a otro por vía terrestre para evitar ofrecer sospechas sobre sus siguientes actuaciones o en última instancia, como vía de escape.

Los principales puertos de los que se valieron fueron St John’s y Placentia, visitados a menudo por los piratas, tal como hicieron en épocas más antiguas en lugares como Tortuga o Port Royal. Los cuales crearon una curiosa simbiosis con ellos, ya que de este modo a cambio de ofrecerles cierta seguridad y la posibilidad de reabastecerse en sus comercios, obtenían protección frente a posibles ataques provenientes de las armadas de otras potencias.

Parece ser que tales puertos llegaban a alcanzar un importante volumen de trasiego comercial en torno al pescado, la cifras son algo sesgadas, pero indican que podían llegar a curar y exportar cerca de cien mil quintales (1 quintal = 100 libras) de pescado al año. Dichas remesas eran una notable fuente de recursos para Inglaterra, con los beneficios obtenidos de los mismos de conseguían numerosos productos provenientes de Italia, Portugal o España, entre otras naciones, para surtir a las colonias y a los propios habitantes de Inglaterra.

Gracias a este tráfico aumentaría el trasiego del ron, el azúcar o la melaza junto a otros bienes producidos en las Indias Occidentales. Los pescadores se verían cada vez más reforzados, ya que a sabiendas de los beneficios obtenidos el número de hombres dispuestos a enrolarse en esta clase de embarcaciones aumentaba con el paso del tiempo.

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La fragata Argus faenando en Terranova (2)

Es ahí donde puede encontrarse el origen de los nuevos reclutas piratas, pero veo necesario aportar algunos datos y explicarlo más detenidamente. Los barcos pesqueros dedicados a esta zona provenían principalmente del suroeste inglés, concretamente de ciudades como Topsham, Barnstable y Bristol. Fue desde estas zonas desde donde numerosos hombres, muchos con muy escasos recursos, se enrolaban en las embarcaciones por salarios realmente bajos.

Ya embarcados se dirigían a las diversas estaciones pesqueras de Terranova en donde se alojaban. Durante la temporada de pesca las condiciones de vida eran duras, debido principalmente al inevitable clima frío, las largas y extenuantes jornadas y la escasez de comodidades y provisiones. Tales condicionantes llevaron a que muchos de los pescadores dedicaran a pasar sus horas libres bebiendo black strap. Dicha bebida consistía en una mezcla de ron, melaza y cierta clase de cerveza que ayudaba a combatir el escorbuto (parece ser que tal cerveza era en concreto Chowder beer, la cual se preparaba con partes de abeto negro, por lo que se la conocía también como spruce beer).

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Un vaso con Black Strap (3)

No era algo inusual que debido a los efectos del consumo excesivo de la misma muchos perdían importantes sumas en el juego, por lo que se veían obligados a admitir contratos con cláusulas muy duras como único modo de mantenerse durante el invierno. Aun a sabiendas de esto, el saber de tal destino no impedía que muchos tropezaran con ese mismo obstáculo, lo cual era una autentica mina para los capitanes de barcos y propietarios de compañías pesqueras.

Tales individuos, conocedores de esta situación se amparaban en que todo se encontraba todo dentro de un marco legal y reglado, así que aprovechaban para contratar de nuevo a los marinos endeudados para la siguiente campaña de pesca y al mismo tiempo, aumentaban en varias veces el precio de los productos básicos (ej. el pan pasaba de 15 a 50 chelines una vez que los barcos hubieran abandonado el puerto hasta la siguiente temporada). Todo ello llevaba a que los marineros se vieran incapaces de saldar sus deudas y al mismo tiempo de subsistir.

A partir de  aquí es cuando los últimos capitanes pirata hacen su aparición. Esta situación límite, derivaba en numerosas ocasiones a que, tanto de forma individual como en grupos, los pescadores endeudados se dieran a la fuga a bordo de chalupas y pequeños botes con un claro objetivo en mente, huir de sus deudas y unirse a los piratas. Como era de esperar estos los recibían con los brazos abiertos, ya que aunque muchos de los nuevos reclutas pudieran ser un atajo de alcohólicos, tenían más que suficiente experiencia a bordo de un barco, lo cual inclinaba la balanza a su favor para ser aceptados.

Si la huida en bote pudiera echar atrás a los más indecisos, los propios piratas no perdían la oportunidad de realizar una oportuna visita cada verano a los diferentes puertos en búsqueda de nuevos socios. La llegada de estos curiosos visitantes era celebrada  por los endeudados, ya que suponía una nueva oportunidad para empezar de cero y con algo de suerte, ganar en unos pocos asaltos los sueldos de varios meses faenando.

Por su parte, los comerciantes también veían con buenos ojos su llegada. Esto se debía a que por su parte les proveían de todo lo necesario para sus correrías, y al mismo tiempo, les compraban las mercancías robadas a precios mucho más bajos que en el circuito legal. A pesar de que esto solía ser un secreto a voces, dichas transacciones se realizaban en las zonas menos transitadas de la costa, evitando así cualquier posible encuentro con las autoridades.


Enlaces

(1)http://www.pc.gc.ca/~/media/pn-np/nl/terranova/k-n/nl_east_field_unit_no3-e.ashx

(2)http://1.bp.blogspot.com/rnKnXaDuV9o/T2mRdbKaFpI/AAAAAAAABL4/DqON1lash_Q/s1600/La+campa%C3%B1a+de+la+goleta+Argus_TERRANOVA.jpeg

(3)https://twelvebottles.files.wordpress.com/2010/12/drinks_blackstripe2.jpg

Bibliografía

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LUCENA SAMORAL, Manuel. Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Perros, mendigos y otros malditos del mar. Madrid: Mapfre S.A., 1992, 313 p.

PEÑA BATLLE, Manuel Arturo. La Isla de la Tortuga. Madrid: Cultura Hispánica, 1977, 267 p.

SANZ, Cecilio. Breve Historia de la navegación y comercio marítimo hasta nuestros días. Madrid: Colegio Oficial de Ingenieros Navales y Oceánicos, 2003. ISBN:84-933198-0-5

WOODARD, Colin. La república de los piratas. La verdadera historia de los piratas del Caribe. Barcelona: Editorial Crítica, Tiempo de Historia, 2007, 433 p.

ZAMBRANO PÉREZ, Milton. Piratas, piratería y comercio ilícito en el Caribe, la visión del otro (1550-1650). Historia Caribe, [en línea]. 2007, Nº 12, [fecha de consulta 26-05-2015], pp. 23-56. Disponible en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2510335. ISSN 0122

Corsarios, recorriendo la delgada línea entre patriotismo y piratería.

La figura del corsario ya aparece en escritos de la Baja Edad Media, aunque comienza un proceso de crecimiento en el siglo XIV. Por ello que se comprende por corsario a aquel particular que debido a un contrato formalizado con una determinada nación atacaría a los barcos y enclaves enemigos para hacerse con sus posesiones.

Tal contrato sería conocido como patente de corso o carta de marca, el cual obligaría al recién convertido corsario a navegar bajo el pabellón de la nación contratante, siendo así tomado por un aliado entre las tropas de la marinería de tal país.

Su especial condición les permitía gozar de ciertos privilegios, siendo uno de los más importantes el considerar como seguros los puertos de la nación con la que hubiera establecido el acuerdo. Además sus acciones, idénticas a las de los piratas, diferenciadas únicamente en que no atacaban a los súbditos de la nación por la que actuaban, solo eran castigadas por los tribunales de los países enemigos.

Los beneficios obtenidos de tales actividades basadas en el saqueo, eran repartidos entre la tripulación de las naves que hubieran participado en estas tareas, reservando una cantidad previamente acordada que era entregada a la nación que hubiera expedido la patente.

Barco pirata puerto

Llegados a este punto es necesario hacer hincapié en que estos marinos eran vistos como patriotas por sus contratantes, con los que solían compartir nacionalidad, y como vulgares saqueadores por parte de aquellos que sufrían sus embates. Los propios corsarios en un inicio no tendrían una base ideológica para sus acciones, pero la continuidad del uso de corsarios por dirigentes políticos a lo largo de los años, llevaría a que en numerosas ocasiones esta mentalidad cambiara. Muchos de los corsarios comenzarían a considerarse a sí mismos patriotas independientemente de las opiniones ajenas, e incluso varios de ellos verían en sus acciones una forma de expandir su religión sobre sus enemigos.

Inglaterra haría un uso especialmente elevado de los corsarios ya desde inicios del siglo XVI, debido a que consideraba injusto el reparto del mundo que había decidido Alejandro VI, el cual impedía la posibilidad de expandirse por los recien descubiertos territorios americanos.

De este modo antes de iniciar una guerra abierta para hacerse con posiciones en ultramar, optaría por la contratación en gran número de corsarios que acosasen los emplazamientos españoles. Figuras como Drake, Raleigh o Hawkins son un perfecto ejemplo de corsarios dedicados a tales menesteres, los cuales gracias a sus capacidades llegaron a convertirse en un verdadero quebradero de cabeza para las naciones rivales y a infundir un terror nada infundado sobre sus habitantes.

Drake portrait

La existencia de una paga, unido a las posibilidades de aumentar los beneficios según el número de capturas llevaría a que numerosos marinos de toda índole vieran aquí un modo de ganarse la vida muy atrayente. Tanto comerciantes como antiguos piratas aprovecharían las opciones que daban los monarcas para hacerse a la mar y controlar las nuevas posesiones americanas mediante la eliminación y el saqueo de las posiciones enemigas allí establecidas.

Aparte de la riqueza material existía la posibilidad de lograr alcanzar la condición nobiliar mediante la práctica del corso. Condición que se lograría tanto por los servicios prestados como mediante la consecuente distribución de las fortunas obtenidas entre la administración real y aquellos bien establecidos en la sociedad. No sería raro que muchos nuevos nobles alcanzaran su ansiada nueva posición, poniendo cuantiosas sumas en manos de aquellos con influencia dentro de la sociedad.

Sir Francis Drake

A pesar del halo de grandeza y patriotismo que se intentó dar a la figura  los corsarios, se sigue manteniendo la diatriba acerca de cuando terminaba el corso y comenzaba la piratería. Esto es debido a que tanto los métodos de asalto y saqueo como los actores de los mismos apenas se diferenciaban de los utilizados por piratas. Todo ello unido a que muchos de estos corsarios no eran más que antiguos piratas “reconvertidos” a una nueva causa, terminan de difuminar la delgada línea que separa ambas categorías..

Debe comprenderse que las acciones corsarias eran, a menudo, combinadas con otras actividades paralelas como el tráfico de esclavos, el contrabando con naciones enemigas y el saqueo indiscriminado, sea cual fuera el pabellón de la víctima, en caso de poder aumentar los beneficios de la empresa.

En tiempos de paz, el número de patentes de corso descendería drásticamente lo que llevaría a que muchos de estos marinos volvieran a sus antiguos quehaceres o esperasen nuevas órdenes en tierra. Pero un importante número de elloos tentado por las suculentas alternativas que se abrían en el Nuevo Mundo consistentes en la posibilidad de desvalijar  a sus pobladores llevaría a que muchos de ellos volvieran a abrazar la piratería como forma de vida.

Esperamos que esta entrada os fuera de interés y os haya ayudado a tener una idea más nítida de los corsarios y sus características. Seguiremos proporcionando información acerca de la piratería en el Atlántico y todo lo que le rodea.


Fuentes.

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GROSSE, Philip. Historia de la Piratería. Sevilla, Renacimiento, Colección Isla de la Tortuga, Serie mayor, 2008.

JARMY CHAPA, Martha. Un eslabón perdido en la historia: piratería en el Caribe, siglos XVI y XVII. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Nuestra América, 1983.